Bajo el título "Coloquio con García Lorca", Giovanni Papini, publicó en su obra "El libro negro" un texto acerca de la visión del poeta con respecto al ritual de la corrida, incompredido por quienes hoy pretenden prohibirlo. [Ver +]

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Jamás lo olvidaremos
Por Jorge Arturo Díaz Reyes

Un Juan Mora sublime, un Cid arrollador y un Bolívar épico y maestro, bordaron con un encierro soñado de Gutiérrez, una corrida inolvidable. Lo de menos fueron las nueve orejas otorgadas, el indulto discutible, los dos toros de vuelta al ruedo, las dos veces que sonó el pasodoble excepcional que ha debido sonar toda la tarde, y el que solo hubiese poco más de media plaza. Lo demás fue la bravura, la nobleza y el toreo. La Fiesta, la perseguida Fiesta, la vituperada Fiesta revive, reflota en tardes como esta.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza Monumental de Manizales. 5ª de feria. Nubes, 17ºC. Más de media plaza. Seis toros de Ernesto Gutiérrez desiguales, pero en el tipo del hierro, nobles y bravos. Indultado el 6º Trabalenguas # 24, bravo, blando, de 538 kilos. Vuelta al ruedo para el 2º y el 5º, los demás aplaudidos en el arrastre.

Juan Mora, saludo y dos orejas.

El Cid, dos orejas y dos orejas.

Luís Bolívar, oreja y dos orejas simbólicas.

Incidencias:. Saludó ”El Boni” tras parear al 2º. El pasodoble “Feria de Manizales”, reservado aquí para faenas excepcionales sonó en las del 5º y el 6º. El ganadero Miguel Gutiérrez dio la vuelta al ruedo tras la lidia del 6º y se negó a salir a hombros con los tres toreros.

Miguel Gutiérrez, ganadero de segunda generación, cría un encaste propio, diferente. Su toro, que no es imponente, compensa con la prontitud, franqueza, son, repetición y fondo de sus embestidas, las falta de aparato. Su historial de triunfos en esta plaza es increíble y hoy agregó uno de los más convincentes y rotundos a su galería, pues las mejores virtudes de la casa, estuvieron acompañadas también por la mejor presentación alcanzada.

Juan Mora, triunfador de dos ferias anteriores, reapareció tras diez años de ausencia, reverdeciendo laureles y refrendando su reciente carpetazo en el otoño madrileño. Recuerdo, ya hace una década, que al recibir su segunda “Catedral” aquí, solo dijo una frase: “Si alguna vez me pierdo, que me busquen en Manizales. Ahora, todavía estremecido por sus dos bellas faenas, pienso que no hablaba por hablar. Es que a Juan se le daba por perdido, para el toreo, es que no se acordaban de él, y si es cierto que Madrid lo rescató, no es menos cierto que quienes hayan soñado con reencontrar la excelsitud de su arte habrían tenido que venir a buscarla hoy en Manizales.

Vertical en su abandono, desmayada la mano, extático en su lentitud, exquisito en la caricia de su toreo. Rimaba madrigales de verónicas, medias, derechas como sin querer, y arrobada la plaza los contemplaba como sin creer. Pero fue con los naturales donde las dos obras alcanzaron cenit. En especial dos tandas promediando la lidia del cuarto que fueron como una epifanía. Y la verdad, y la seriedad y la torería; siempre con la espada real. Con el primer toro, al relance de una serie natural, sin preámbulos igualó y estoqueó en sitio, solo el doble descabello y la insensibilidad le negaron el premio mayor, y en la segunda faena, reiteradamente pidió que no le tocaran música, hasta que la banda no se pudo contener más y le soltó “Nerva”. ¿Quieren salvar la Fiesta? Busquen toreros como este.

Al fin Colombia vio al Cid, al fin Colombia entendió porque Madrid lo puso donde está, al fin Colombia disfrutó de una de las muletas más lujosas de la época. La nobleza infinita de sus dos toros lució plena en sus manos, arrollador, transfigurado, en sus dos lidias, brindó el quinto a César Rincón diciéndole: “yo sé que mi triunfo será tuyo”, y se fue, y paró, y templó, y ligó, fundamental, como él sabe, como en sus grandes tardes, y puso la plaza patas arriba mientras sonaba el excepcional “Feria de Manizales”, y mató a ley, y lloró, y cortó cuatro orejas porque acá no dan más, y dio dos vueltas de locura, y cómo si fuera poca su grandeza, por la noche dijo: “Disfruté más viendo torear a Juan que toreando yo”. Para qué abundar, ya todos sabemos cómo es El Cid cuando es El Cid.

El caleño Luís Bolívar, estaba entre la espada y la pared al salirle de rodillas al tercero, las formidables actuaciones de sus alternantes se la ponían muy alta. Además es el eje de toda la temporada nacional y eso obliga más. Pero la hombría se mide así, en las dificultades, y en esa primera larga cambiada el toro pleno, lo enganchó y arrastró feo. Entonces se apretó más, y en las chicuelinas del quite volvió a ser cogido y desgarrada su taleguilla. Para qué fue eso, como un león se batió con el más enrazado, en pelea dramática seguida con ronca pasión por el paisanaje. Se atracó de toro y la espada aunque pasada fulminó. Le negaron la segunda oreja y le dejaron aun en salmuera.

El sexto, Trabalenguas de 538 kilos, arrancó la puerta interna de toriles y saltó a los corrales provocando una dura y larga pelea para llevarlo al ruedo, a donde llegó mermado de fuerza, pero con su bravura y nobleza intactas. Por eso se le picó poco. Pese a ello se echó fatigado tres veces durante la lidia que fue maestra. La otra versión de un maduro Bolívar. Se prolongó la faena con gran ligazón a media altura, sin el menor asomo de mansedumbre. La petición de indulto altanera fue acatada y sin vara y con tres echadas se le perdonó la vida. Yo lo único que digo es que su calidad fue tan excepcional, como su lidia.

Miguel Gutiérrez, Juan Mora, El Cid y Luís Bolívar quizás merezcan una placa en los muros de la plaza, pero si no la colocan no pasa nada, los pocos que vivimos esta tarde con ellos jamás la olvidaremos.