
Balance de la temporada taurina 2010-2011 en Colombia ¿Otro bastión que tambalea?
El médico y cronista taurino Jorge Arturo Díaz Reyes, durante su exposición en el XXVI Coloquio de Astauros, cumplido en el Salón Cañasgordas del Hotel Radisson de Cali (Foto Julián Velasco-Astauros) Por Jorge Arturo Díaz Reyes Pese a que la temporada reciente presentó en lo taurino algunos avances, el balance general muestra para la Fiesta en Colombia tanta o mayor inestabilidad que la sufrida este año en otros países. El primer síntoma es la pérdida de protagonismo. Menor atención de la opinión pública y los medios. Los toros parecen interesar cada vez menos. Las corridas pierden popularidad; Prensa, radio y televisión les conceden menos espacio. La primera cadena del país, Caracol, ha minimizado sus transmisiones. Los toros no venden, es la disculpa. Para colmo, la credibilidad de la otra gran empresa difusora nacional, RCN, que ha metido el hombro redoblando su cubrimiento, sale ahora fuertemente cuestionada. Como por compensación, los portales independientes, los blogs y las listas privadas de correo en Internet se han convertido en refugios de aficionados que buscan información real y veracidad. Otro signo malo es la disminución de las concurrencias, la deserción del público, simultánea con el encarecimiento progresivo de la boletería, la insuficiente o ineficaz publicidad, y la falta de atracción de muchos carteles, que han lanzado las empresas tras los patrocinios, los mecenazgos y el rebusque, para salir del círculo ruinoso que amenaza la estabilidad económica y la supervivencia de la Fiesta. Una Fiesta hoy subsidiada, que ya no se sostiene como antes por sí sola, con sus propias entradas, y que lamentablemente, tiene que vender su liturgia, colgando anuncios de sus nuevos mantenedores; las fábricas de licor, hasta en los tejadillos, los burladeros, y el cuello de los toreros. Esta venta de la liturgia, el abandono de lo épico, la degradación de los valores fundamentales continúan, desfigurando el rito y quitándole fe, prestigio y pasión. La devaluación, del concepto de trapío, el desconocimiento de la prelación que debe tener el toro en toda su plenitud, integridad, edad, desarrollo, cuajo, tamaño, astas, poder y fiereza. Las peregrinas y nada desinteresadas teorías del minitoro, el seudotoro, el toro light, el "toro para el trópico", el "toro que se deja", el toro aborregado, infaman, destierran la emoción e indignan a los aficionados. La quiebra del principio de verdad en el toreo, que debe dar siempre las todas ventajas al animal para no convertir la faena en un espectáculo desleal, abusivo e indefensible. La infidelidad con cánones y normas. La imposibilidad para colocar los altos valores de la Fiesta por encima de los intereses personales, los privilegios, y la codicia de beneficiarios que perecieran querer devorar definitivamente la gallina de los huevos de oro. Comenzando por las figuras, que se han enriquecido con ella, y bien que así sea, pero inflan sin proporción sus honorarios y exigen toda suerte de alivios para no presentarse, como debería ser, sin ventajas y donde se les necesita. El oportunismo de advenedizos que usan el ruedo como plataforma de lanzamiento personal y tráfico político. Las destructivas luchas intestinas de dominio entre quienes dirigen. El descenso del nivel general de cultura taurina, favorecido por la metamorfosis de la crónica y la crítica en propaganda. La falta de objetividad en la información. La pobre participación de las empresas y las peñas en la promoción cultural. El abandono del Estado, que ya no ejerce rectoría en los palcos ni en las juntas técnicas, dejando esa función en manos de las mismas empresas para que se autocontrolen a conveniencia (Ley 916 de 2004). El poco acierto, rigor y autoridad de las presidencias. La maleducación del público por comunicadores taurinos improvisados con endeble formación y escaso criterio. Las incompatibilidades éticas de quienes hacen de jueces y parte transmitiendo mensajes equívocos. Las manipulaciones publicitarias que pretenden meter gato por liebre. Todo ello explica por qué en esta temporada colombiana de asistencias bajas los festejos más taquilleros, salvo la corrida del domingo pasado en Bogotá, han sido los festivales y el rejoneo, modalidades con mínimas exigencias de trapío, libre recorte de pitones, y público neófito. Y también, porqué los públicos aplauden lo que deben protestar y protestan lo que deben aplaudir. Medida del bajo estado de afición que padecemos. Y es que mirando a grosso modo, surgen otras coincidencias que podrían ser igualmente sintomáticas. Guachicono, por ejemplo, que sin duda cría con mucho los toros mejor armados en Colombia, no lidió este año una sola res en plazas de primera, mientras que Ernesto Gutiérrez, ganadería reconocida por sus poca ofensividad y gran docilidad, lidió encierros completos, cinco (5) en todas las cuatro grandes ferias, y con gran predicamento por cierto. Arrastrando todo lo anterior, fluye turbulenta la corriente más arrasadora; la del tiempo, la de la historia. La sociedad actual, urbana, hiperindustrial, consumista, mediatizada, informatizada, globalizada, ya no se refleja en la ética ni en la estética de la Fiesta, ni en su espíritu campero, ni en sus protocolos caballerescos, ni en sus emociones verídicas, ni en su belleza primitiva, que no solo ya no la seducen, sino que incluso la espantan pues ahora rigen significados diferentes, posmodernistas para: valentía, honor, lealtad, gallardía, majeza, garbo, bravura, nobleza, hombría... creencias esenciales del culto taurino. Las cosas no son como antes, las personas tampoco. La sociedad ya es otra, y en esta su cultura global nosotros, un tipismo, no parecemos encajar, tendemos a enquistarnos y a ser enquistados. Nuestro credo y nuestro arte resultan cada día más anacrónicos, minoritarios y chocantes aun dentro de las mismas plazas de toros, donde quienes exigen pureza y verdad son mal mirados y señalados como fundamentalistas. Frente a estas debilidades propias, intrínsecas, agresiones ajenas como el odio antitaurino, las prohibiciones, o protecciones ambiguas como la de la Corte Constitucional, perdonando la vida a las corridas, por ahora, pero colocándoles duras cortapisas, e instando a su extinción parecen amenazas menores. Por qué la procesión va es por dentro. El bien intencionado clamor; ¡Unámonos!, no nos salvará por sí solo. Sería necesario mucho más para reexpandir en lugar de contraer. Para mantener o aumentar el número de corridas en lugar de quitarlas, como buscan los abolicionistas. Para robustecer las empresas que bien las montan en lugar de combatirlas y debilitarlas. Para favorecer la crianza del toro bravo, tan amenazada, y no atacarla. Para impulsar las escuelas taurinas, y no considerarlas lastre presupuestal o gasto suntuario. Para aumentar el número de novilladas en vez de acabarlas. Para estimular la actividad cultural taurina. Retomar espacio en los medios. Enseñar, explicar y predicar bien la fiesta, abrirla al público, ser amables y honestos con él, disminuir el precio de las entradas en lugar de aumentarlo. Recuperar la credibilidad, autenticando y depurando el rito, no travistiéndolo. Volver al toro toro, al torero torero y al toreo toreo. Respetar eso, respetarnos para que nos respeten. Ser auténticos, veraces y fieles a nosotros mismos, quizá sea la única manera de sobrevivir en este mundo cambiante, tal como hasta hoy lo han hecho otros antiquísimos ritos. Por fortuna, en este panorama gris oscuro, aun alumbran ilusiones de futuro, empeños, institucionales y no. |